PATIO DE CUADRILLAS Lo que más
apreciamos en el toro de lidia es cuando al final de sus veinte minutos de vida,
en manos de un torero con oficio, merezca uno de estos tres epitafios, 1) Se
encontró con un torero que templó su bravura, 2) Le tocó en
suerte un artista que supo acompañar su nobleza y 3) Sin tener pases, el diestro
le dio la lidia adecuada.
PITÓN DERECHO 1 Torear es templar
la bravura. La acción es templar, la materia prima la bravura; la obra
artística: la emoción estética originada por la cercanía de la muerte. Por eso
el encuentro de la bravura, que sale de toriles, con el arte que se desprende
del burladero, es la antesala del éxtasis. Ese enfrentamiento es cosa de verse;
pero más de disfrutarse. Nos disponemos a observar cómo el artista intenta crear
la belleza con una materia prima --la bravura—que puede ser causa de su muerte.
Alguien le ha encomendado al torero que temple al toro bravo; es su tarea. ¿Cómo
meter las embestidas impetuosas al ritmo suave
del artista? ¿Cómo prometer –sin entregar-- la suavidad de la tela a los
ataques violentos, sin que sea tocada, manteniéndola alcanzable y esculpiendo la
elegancia corporal durante la embestida? ¿Cómo poder girar el cuerpo al tiempo
del lance, o pase, sin distraer al toro y sin descomponer el cuadro? ¿Cómo
estar quieto al cambio de perfil, sin alejarse al terminar el pase, sin
encimarse para ligar otro más, conservando justa la distancia? Si lo logra,
habrá templado la bravura.

PITÓN DERECHO 3 Y otra cosa más
es lidiar. Cuando no hay bravura ni nobleza, el toro es un galimatías. La lidia
que necesita requiere de un torero con oficio para resolver el problema en
veinte minutos; sin naufragar. Todos los toros tienen lidia, de acuerdo, pero
no todos los toros tienen pases. Además, no todas las lidias son entendidas por
el público y algunas veces ni por el torero. Frecuentemente los tendidos terminan
por abuchear a ambos personajes. El torero, si es conocedor no puede hacer otra
cosa que torearlo por la cara, cruzarse, ir de pitón a pitón, tratar de doblarse
con él, llevarlo a diferentes terrenos, provocar las embestidas imposibles y finalmente, estoquearlo.
DESPLANTE Así, a un toro se
le puede templar la bravura, acompañarlo en su nobleza o lidiar la falta de
ambas. No todos los toros tienen tan definido su comportamiento, como para
caber en uno de los tres tipos que pusimos de ejemplo. Lo más frecuente es que
tenga rasgos combinados. Ningún toro carece de peligro; hasta Pero Grullo lo
advirtió. Un manso huidizo, un toro parado, uno de arrancones imprevistos, otro
de embestías humilladas, para rejones o afeitado, abanto o emplazado, puede causar
heridas peligrosas. Es casi seguro que se pueden documentar percances serios
causados por cada uno de esos tipos, a toreros del primer grupo o de los otros.
RECORTE Entonces mucha de la insatisfacción con los toros que se han lidiado en lo que va de la temporada 16-17, no se debe a que los toros sean inofensivos sino que no parecen peligrosos. Ya se avanzó mucho en el trapío comparándolo con el que ya habíamos elevado al rango de resignación, en tiempos idos. Por supuesto que hay insatisfechos, porque además de trapío quieren bravura y toreros que la atiendan (¿Y quién no?), pero a esos inconformes habría que preguntarles: de la temporada anterior y ésta, ¿cuál catadura prefieren? Claro, claro uno hubiera querido que Timbalero encarnara en alguno de los que han salido. Pero de eso a nada, mejor que ¨éntre el santo Peregrino¨ para recibir nuestra ovación. Dos o tres tandas marcadas a un toro problemático, con la hondura del temple, generan una estética distinta a la del ballet cuando se saca a bailar a una hermana de la caridad. Órale.
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