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miércoles, 17 de octubre de 2012

NOVILLADA DE SAN FRANCISCO

PITÓN DERECHO Antonio Lomelín, ahora desparecido, no dejó una sola tarde sin exhibir su valentía que con frecuencia la llevaba a la temeridad. Quienes lo vimos torear no podemos recordarlo sin un escalofrío. Hace unos diez años toreó en la Vicente Segura. Ya tenía la nombradía de osado por sus desplantes ante los toros. La proeza más recordada es aquella en que, en una corrida en La México, un toro le desenredó los intestinos y el diestro los regresó a su sitio con sus propias manos, mientras llegaban las asistencias.

PITÓN IZQUIERDO Pero aquella tarde en Pachuca Antonio Lomelín se enfrentaría a una situación insólita. Estando en el callejón esperando su turno, un niño de once años bajó de las gradas y le dijo a gritos infantiles: ¨Yo estoy en la escuela con un hijo tuyo¨ Lomelín se interesó y recogió los datos ofrecidos por el compañerito de escuela de su hijo; a partir de entonces se recortaron las distancias de algún distanciamiento familiar, que no es tema taurino.

PITÓN DERECHO En esta novillada del 13 de octubre de 2012, diez años después, es otra cosa. La tarde es soleada y la multitud se apretuja en los tendidos de sombra. En la Vicente Segura están anunciados un rejoneador, un grupo de forcados y tres novilleros, uno de cuales es precisamente Antonio Lomelín. En las gradas, Max Dávila cuya inocencia restableció la relación familiar, ahora con diez años más al igual que Antonio, se prepara para observar a su amigo enfrentarse a dos novillos.

PITÓN IZQUIERDO En su primero muy pegajoso, Antonio dio una media verónica muy recordable. Con la muleta tuvo que defenderse y recibió avisos. En su segundo pudo sacar algo de arte con la capa; en el tercer tercio, si nos acercó a su estética con dos cambiados y pases con la derecha, con mando. Sobresalió un natural autoritario. Pinchó. Con el primero del alternante Jaime Martínez escenificó dos chicuelinas buenas, rematadas superiormente.

PITÓN DERECHO Si su padre nos consternaba con el arrojo escalofriante, su hijo el novillero Lomelín, de acuerdo con lo visto, lo hará con su estética. Así como la dinastía Silveti vino desde el valor de Juan Sin Miedo y pasó por la técnica de Juanito, luego maduró en Ética, Patética y Estética con el Rey David y que ahora florece todo en Diego Silveti, en el caso de la corta dinastía de los Lomelín parece que se pasará directamente de la temeridad del padre a la estética el hijo. Ojalá. En la foto el autor con Héctor y Max Dávila.

PITÓN IZQUIERDO Resto de la novillada: el rejoneador Lecumberri no tuvo suerte con su primero y regaló un segundo que no anunció cuando debía: antes de la faena del último de tarde. Le fueron mejor las cosas, pero mató mal. Los forcados sobrevivientes de tres encontronazos, muy valientes. El primero algo apretado no era para pegas. Además iba con la cara en alto. Las doce forcas, que son garrochas rematadas con una U metálica y que precisamente dan el nombre los forcados, dieron lucimiento a la tarde.
PITÓN DERECHO Xavier Gallardo no pudo con el ¨Güero¨ pegajoso que le arrollaba el engaño. Lo pinchó. Luego en su segundo apenas se hizo presente con algunas verónicas y una buena estocada, después de un pinchazo. Jaime Martínez es de buenas hechuras, tiene lógicamente, la avidez de novillero que necesita sosegarse para florecer. Se dobla bien y mostró mando con la muleta, sobre todo en su segundo. Pinchó en sus dos.

PITÓN IZQUIERDO Los novillos de Heriberto Rodríguez y de La Concepción, a pesar de sus características difíciles, no llevaron con empujones por la Calle de la Amargura a ninguno de los alternantes, que resolvieron las dificultades decorosamente. Si hubieran sido certeros con el estoque, algunos de los novillos habrían ido al destazador sin orejas.

PITÓN DERECHO A quienes somos primerizos en la Vicente Segura nos llama la atención el silencio con que la afición espera la estocada. Claro, hay aficionados parlanchines que no los hacen guardar el silencio respetuoso que corresponde al momento del sacrificio, pero la gran mayoría sí lo hace. Afortunadamente las asistentes suavizan, con su porte, cualquier resquemor que pudiera surgir por el comportamiento del ¨respetable¨. Óle por la morena.





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