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domingo, 8 de enero de 2017

¡ÉNTRA, SANTO PEREGRINO!

PATIO DE CUADRILLAS Lo que más apreciamos en el toro de lidia es cuando al final de sus veinte minutos de vida, en manos de un torero con oficio, merezca uno de estos tres epitafios, 1) Se encontró con un torero que templó su bravura, 2) Le tocó en suerte un artista que supo acompañar su nobleza y 3) Sin tener pases, el diestro le dio la lidia adecuada.   

PITÓN DERECHO 1 Torear es templar la bravura. La acción es templar, la materia prima la bravura; la obra artística: la emoción estética originada por la cercanía de la muerte. Por eso el encuentro de la bravura, que sale de toriles, con el arte que se desprende del burladero, es la antesala del éxtasis. Ese enfrentamiento es cosa de verse; pero más de disfrutarse. Nos disponemos a observar cómo el artista intenta crear la belleza con una materia prima --la bravura—que puede ser causa de su muerte. Alguien le ha encomendado al torero que temple al toro bravo; es su tarea. ¿Cómo meter las embestidas impetuosas al ritmo suave del artista? ¿Cómo prometer –sin entregar-- la suavidad de la tela a los ataques violentos, sin que sea tocada, manteniéndola alcanzable y esculpiendo la elegancia corporal durante la embestida? ¿Cómo poder girar el cuerpo al tiempo del lance, o pase, sin distraer al toro y sin descomponer el cuadro? ¿Cómo estar quieto al cambio de perfil, sin alejarse al terminar el pase, sin encimarse para ligar otro más, conservando justa la distancia? Si lo logra, habrá templado la bravura.  
PITÓN IZQUIERDO 2 Otra cosa sería acompañar la nobleza. Cuando el toro ubica al engaño como el principal objetivo de sus cargas, se da la nobleza. Es entonces cuando el artista ya con el animal fijo en la tela, puede inundar la tarde con la elegancia. La nobleza concentrada en el trapo de suaves vuelos genera una estética diferente a la que encontramos en la bravura templada. El toro al tener más nobleza que furor en sus cargas, deja al torero sin embestidas que templar, pero si le permite que acompase los envites, que le acompañe sus ataques. Esto es lo que da motivo para que algunos sostengan que el toro es el que aporta el temple. Así es, siempre y cuando el toro sea mucho más noble que bravo y el torero sepa trazar y meter el engaño en el ritmo del toro y renunciar a imponerle el suyo. Todos decimos que preferimos la bravura sobre cualquier otro atributo, pero es un decir, ya que la mayoría aplaudimos más la nobleza bien acompañada. Disfrutamos por supuesto el altísimo mérito taurino y la estrujante emoción de sacarle tres o cuatro tandas a Timbalero, pero hablando de éxtasis y alborozo, la nobleza acompasada por el arte de un buen torero, no tiene igual. Al menos en los tendidos.

PITÓN DERECHO 3 Y otra cosa más es lidiar. Cuando no hay bravura ni nobleza, el toro es un galimatías. La lidia que necesita requiere de un torero con oficio para resolver el problema en veinte minutos; sin naufragar. Todos los toros tienen lidia, de acuerdo, pero no todos los toros tienen pases. Además, no todas las lidias son entendidas por el público y algunas veces ni por el torero. Frecuentemente los tendidos terminan por abuchear a ambos personajes. El torero, si es conocedor no puede hacer otra cosa que torearlo por la cara, cruzarse, ir de pitón a pitón, tratar de doblarse con él, llevarlo a diferentes terrenos, provocar las embestidas imposibles y  finalmente, estoquearlo.   

DESPLANTE Así, a un toro se le puede templar la bravura, acompañarlo en su nobleza o lidiar la falta de ambas. No todos los toros tienen tan definido su comportamiento, como para caber en uno de los tres tipos que pusimos de ejemplo. Lo más frecuente es que tenga rasgos combinados. Ningún toro carece de peligro; hasta Pero Grullo lo advirtió. Un manso huidizo, un toro parado, uno de arrancones imprevistos, otro de embestías humilladas, para rejones o afeitado, abanto o emplazado, puede causar heridas peligrosas. Es casi seguro que se pueden documentar percances serios causados por cada uno de esos tipos, a toreros del primer grupo o de los otros.


RECORTE Entonces mucha de la insatisfacción con los toros que se han lidiado en lo que va de la temporada 16-17, no se debe a que los toros sean inofensivos sino que no parecen peligrosos. Ya se avanzó mucho en el trapío comparándolo con el que ya habíamos elevado al rango de resignación, en tiempos idos. Por supuesto que hay insatisfechos, porque además de trapío quieren bravura y toreros que la atiendan (¿Y quién no?), pero a esos inconformes habría que preguntarles: de la temporada anterior y ésta, ¿cuál catadura prefieren? Claro, claro uno hubiera querido que Timbalero encarnara en alguno de los que han salido. Pero de eso a nada, mejor que ¨éntre el santo Peregrino¨ para recibir nuestra ovación. Dos o tres tandas marcadas a un toro problemático, con la hondura del temple, generan una estética distinta a la del ballet cuando se saca a bailar a una hermana de la caridad. Órale.

    

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