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domingo, 12 de enero de 2020


EL TORO MEXICANO


Cuando embisten sobre la arena está a la vista la diferencia entre los toros mexicanos y los ibéricos; debemos precisar que hablamos del comportamiento típico. Para acercarse al entendimiento de esa conducta deben ponerse en orden de importancia los factores que convergen en tal desempeño. De inmediato salta a la vista el asunto del clima y de la latitud en que ambos ganados pacen desde hace quinientos años en el caso del primero y miles en el  segundo. Entre varios autores interesados en esos temas taurinos Guillermo H. Cantú dice: ¨…en las diferencias entre el toro español y el toro mexicano incide importantemente el factor geográfico con todas las implicaciones que ello tiene en el clima, suelo, economía, alimentación y, sobre todo, en el temperamento y propósitos de quienes habitan determinada región ganaderos incluidos.¨[1] Por nuestra cuenta queremos ordenar por su importancia los factores que percibimos.



Vamos a tratar del comportamiento ambos toros de lidia sobre la arena y sostenemos que hay factores determinantes, influyentes y secundarios.

Postulamos que tanto el clima como la latitud son los dos factores determinantes para el desempeño de los encierros y luego proponemos los factores influyentes como serían el criterio selectivo del ganadero, la alimentación diseñada en laboratorio y los gustos del público aficionado que compra su entrada. Otra añadidura: ese comportamiento de los toros incluyen otros factores secundarios tales como la preferencia de las Figuras que (cuando pueden), moldean a su antojo las embestidas y con ello moldean también el espectáculo que arraigan en cada vez menos aficionados. La Empresa sería otro personaje que en componendas con los Apoderados frecuentemente incluyen y borran de los carteles ganaderías porque sí y porque no. En este ensayo trataremos sólo los factores determinantes.
Empecemos. Los inviernos que se presentan en la latitud norte de 15º a 30º (que acotan el horizonte mexicano) y de 36º  a 43º (en el caso del país español), tienen registros térmicos muy distanciados de tal manera que en España no agendan espectáculos taurinos en invierno mientras que en México es la estación propicia para desarrollar la temporada principal en la más importante plaza del país.

Al mediodía  español donde pastan la mayoría de las ganaderías bravas, hay nevadas invernales con pocas excepciones (Cádiz, Huelva, Córdoba, Jaén). En el norte se descargan por todos lados. Esto es, la mayor parte de las ganaderías ibéricas están pastando sobre un territorio que se alfombra de nieve en los inviernos.




El ganado que vive en campo abierto bajo tales meteoros estacionales necesariamente desarrolla un temperamento distinto. El máximo--mínimo moderado del termómetro iría más acorde con un temperamento pastueño y la extremosa fluctuación con uno más agresivo. Cierto que los toros de lidia viven de cuatro a cinco inviernos pero sus progenitores cuando menos el doble y el animal no sólo responde al instinto sino también a la enseñanza de quienes los rodean.
La llamada Ley Hesse dicta que en las latitudes norteñas los cuerpos de los animales son más corpulentos debido a la relación óptima entre el peso corporal y el corazón para mantener la temperatura. Esos es, al norte los cuerpos de los animales requieren más masa corporal para mantener el calor y en el sur donde no es tan frio el invierno, no habría necesidad de esa corpulencia. La comparación entre los osos polares y los de los bosques ecuatoriales, el tigre siberiano y el bengalí, los alces escandinavos y los venados del altiplano americano, los búfalos nativos de las praderas de norte américa comparados con cualquier animal oriundo sureño, etc. parecen ilustrar su dicho. La distancia entre los 30º norteños de México y los 36º sureños de España, en línea  del meridiano son aproximadamente 1,300 kilómetros y representan mucha diferencia en los inviernos.

Tom Lea nos informa que en el libro The Longhorns de Frank Dobies, se dice que en 1521 un tal Gregorio Villalobos trajo el primer ganado de las islas caribeñas a Veracruz y que venía ganado prieto y ganado corriente.[2] El primero era el usual para las corridas y el segundo para alimento y estamos en 1521 y ya existían  toros bravos y toros mansos. Ahora bien, ambos tipos de bovinos a su arribo forzado tuvieron que soportar otros inviernos, rumiar pastos desacostumbrados, recibir otra sabiduría de los ganaderos de otra raza y además bajo el peso de otra lectura barométrica; todos esas alteraciones del entorno necesariamente con el paso del tiempo les herraron diferencias significativas con sus antepasados ibéricos.

Apenas habían transcurrido cinco años desde la conquista y de la llegada del ganado prieto y de carne y el 13 de septiembre de 1526, Hernando Cortés informa al Rey Carlos V de España: ¨ Otro día, que fue de San Juan (…) estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas y (…) [3]

Desde entonces la relación festiva entre mexicanos y toros bravos no se ha interrumpido. El toro ha permanecido bajo la bóveda del verano e invierno mexicanos, sobre un cierto tipo de suelo salitroso, digiriendo alimentos del rumbo y sujeto al particular gusto de los aficionados locales. Es así como ahora en los principios del Siglo XXI sale a la arena en México un toro distinto al que desembarcó Villalobos. Desconocemos si existe un registro en que se documente minuciosamente el procedimiento de selección (si es que hubo), de toro bravo de algún criador previo a Llaguno, ganadero mexicano cuya biografía es consulta obligada para este tema.[4]

Volvamos al clima y latitud. Diferentes autores han dedicado sus cavilaciones sobre la especiación, que es el término para referirse a un proceso mediante el cual vegetales o animales sometidos a cambios en los climas, los nutrientes, las latitudes y los asilamientos geográficos, al paso del tiempo pueden devenir en otras especies. 
Entre estos autores destacan Richard Goldschmidt que dice que las mutaciones cromosómicas se acumulan en los individuos hasta que en un brinco súbito revienta en una nueva especie y esto puede suceder en corto plazo. Luego Ernest Mayr niega el concepto de especies porque según él, son simples grupos aislados pero habla de los  cambios que produce el aislamiento geográfico en los animales. Allen dice que los animales norteños tienen apéndices más reducidos que los sureños (las orejas de los osos polares comparadas con las de los ecuatoriales), evidencia que él acredita a las temperaturas diferenciales. También Alpheus Hyatt aporta su idea de cómo una especie gradualmente se transforma en otra.[5] Dichas afirmaciones son tomadas como especulaciones altamente cuestionadas y pocas se han considerado como hipótesis científicas viables, pero no dejan de mantenernos en suspenso, tanto a los creacionistas confesos como a los evolucionistas recalcitrantes.
Aun en el caso que tales conjeturas fueran armadas como hipótesis y sometidas a un experimento bajo control estadístico con niveles apropiados de significación faltaría todavía la validez en el caso que nos ocupa: el toro mexicano. Por el momento carecemos (o no conocemos) de argumentos  científicos fehacientes que expliquen la diferencia que nos ocupa, afortunadamente a falta de ellos… nosotros tenemos otros datos.
Son estos. Hay un testimonio contundente de que hace más de doscientos años había aparecido un tipo de toro mexicano de lidia distinto al español. El arquitecto y escultor valenciano avecindado por años en la Nueva España Manuel Tolsá,  en su diseño presentado el 23 de mayo de 1793, de una plaza de toros para construirse en la ciudad de México, para 7896 [6] espectadores propone una  construcción ¨…a diferencia de ser su diámetro algo menor a causa que los toros de ésta no son de la bravanza y resistencia que los de España…¨

Poseemos entonces los datos que las condiciones del toro mexicano fueron incorporadas a un proyecto de plaza cien años antes que Llaguno aplicara su meticulosa vocación ganadera para crear su hato.[7]
Sigue Tolsá: ¨…y que el cuarto o lumbrera para el excelentísimo señor Virrey es más magnífico que el que tiene la plaza de Madrid para el magistrado que la preside,…¨ Con esta última afirmación descubrimos que al menos conocía de vista el coso madrileño.
Todavía nos queda otro dato: Llaguno trajo sementales de España y los cruzó con vacas mexicanas[8].Esto es, un ganadero tan perspicaz como él debió percibir cualidades en tales vientres criollos como para no menoscabar las virtudes que él buscaba que los sementales ultramarinos transmitieran. Esas vacas criollas ¿de dónde procedían? ¿Qué recorrido habían trazado desde que bajaron las primeras generaciones de las carabelas? Las buenas notas que Llaguno detectó y acentuó ¿cómo las habían heredado? ¿Existió un ganadero ignoto que hubiera preferido este vientre al otro o este semental a aquel y además llevar minuciosamente su sabiduría?  Si no hubo tal detallista criador de bravo los cuatrocientos inviernos moderados (transcurridos hasta que Llaguno creó su ganadería), con lecturas barométricas diferentes y de rumiar pasturas oriundas (en el caso de importación de granos, forrajes y hierbas de todas maneras éstos estuvieron sometidos a condiciones climatológicas y composición de suelos que en algo modificaron su condición original), y de vivir en latitudes sureñas debieron ser suficientes para dejar una impronta en esas vacas criollas que el ganadero Llaguno consideró valiosa  para ligarla con Saltillo y obtener finalmente --también con hembras de España, la llamada sangre del toro mexicano tan lograda en San Mateo y Torrecillas y en los escurrimientos a otras vacadas.

Una vez logrado el toro diferente ¿que se dice del toro mexicano?


Manolete: Hablando del toro Espinoso de Torrecillas: ¨…es la mejor faena que he hecho en México, es quizá la mejor de mi vida, o por lo menos la segunda…¨[9]
¨Un toro de Sinekuel que estoqueó en Mérida de Yucatán, había sido el de mayor nobleza de cuantos había toreado en su vida. El propio Manuel consideraba con él realizó su mejor  faena.¨ [10]
El escritor taurino Filiberto Mira: ¨Por otra parte, con rotundidad manifiesto que jamás pude imaginar que existieran unos toros tan excepcionalmente nobles  -la suya una calidad asombrosa- como los de la  ganadería mexicana de Garfias que admiré en 1980, en diversas plazas de su fascinante nación. Sin toros mexicanos de ensueño no hubieran sido posibles las lidias completas de Armillita, las  templanzas infinitas de Silverio y las torerísimas fantasías –felices realidades- de El Calesero. Tampoco hubieran podido torear con tanta personalidad: Chicuelo, Cagancho o Manolete[11](Cursivas nuestras).
Darío Piedrahíta dice: ¨Pepe [Camará], sostenía que México era muy beneficioso para los toreros, ya que algunos que toreaban muy de prisa, habían terminado toreando con lentitud, después de estar en México. El toro mexicano tiene esa característica: embiste a veces, en cámara lenta  y el torero tiene que templarlo y llevarlo muy despacio¨[12].   
Carlos León escribió: ¨Frente a la dócil embestida de la mayoría del ganado mexicano, hay que ser menos lidiador, pero más torero. La lidia, en su función de pugna, de pelea, casi no existe con nuestras reses. Aquí hay que venir a sentir, a vivir hondamente el toreo; a ser un artífice, más que un trabajador. Y el arte no tiene prisas…¨[13]       
Nos informa Francisco Solares que la esposa de un importante ganadero español después de una gran tarde de Manolo Martínez en la península ibérica (había dicho): ¨Ay, Manolo toreaste tan bonito que te parecías a Paco Camino. Si señora, es que los toros parecían de San Mateo¨ [14]  

Paco Ureña (Canal 11/2-XII-2019), dijo a Heriberto Murrieta y Rafael Cué: ¨El toro mexicano cuando  embiste es el mejor del mundo¨.

Bien. Al aceptar el axioma que el toro es el meollo del espectáculo y si al mismo tiempo se reconoce que el toro bravo mexicano incuestionablemente da un juego diferente al ibérico, entonces los diestros que los enfrentan están exigidos a una calidad diferencial  de toreo según el respectivo  tipo divergente de toro.  Aunque el ritual taurino se cumpla ¨a la usanza española¨ al embestir sobre la arena un toro mexicano y un diestro que lo entiende experimentamos una dimensión distinta y tenemos que soltar un óle  con más fondo y de mayor recorrido. Órale.




[1] CANTÚ Guillermo H. MUERTE DE AZÚCAR Substancia Taurina de México (México, 1984) Editorial Diana.256 pp. La cita está en las 126.
[2] CRAVER Rebeca and MARGO Adair TOM LEA.  An oral history (USA, 1995) UTEP. 185 pp. La mención está en la 99.
[3] CORTÉS, Hernán CARTAS DE RELACIÓN (México, 1988) Editorial Porrúa, ¨Sepan Cuántos¨…Núm. 7. 331 pp. La cita está en la 275. 
[4] NIÑO DE RIVERA Luis SANGRE LLAGUNO La razón de ser del toro bravo mexicano (México, 2013) Punto de Lectura. 542 pp. Más fotografías.    
[5] BOTHAMLEY Jennifer DICTIONARY OF THEORIES One stop to more than 5,000 theories (USA, 1993) Visible Ink Press. 637 pp.
[6] PINONCELLY Salvador MANUEL TOLSÁ Arquitecto y escultor (México, 1960) Cuadernos de Lectura Popular. 194 pp. La cita está en la 189.
[7] FLORES HERNÁNDESZ Benjamín. ESTUDIOS DE HISTORIA NOVOHISPANA #7 (México) UNAM. La cita está en la p. 193.
[8] NIÑO DE RIVERA, opus cit. pp.18, 27, 33, 35 etc.
[9] ALAMEDA José La Pantorrilla de Florinda y el origen bélico del  toreo (México, 1980) Grijalbo. (109 pp.) La cita está en la 50.
[10] MIRA Filiberto HIERROS Y ENCASTES DEL TORO DE LIDIA (España, 1999) Biblioteca Guadalquivir, 678 pp. con índice. Lo citado está en la  419.
[11] MIRA, Filiberto Op cit. P 415.
[12] PIEDRAHÍTA, Darío ¨Dapie¨ EL OTRO…RINCÓN. Su verdadera historia (Colombia, 1996) Forma e Impresos. 248 pp. La cita se encuentra en la 165.  
[13] GUARNER Enrique CRÓNICAS DE CARLOS LEÓN (México, 1987) DIANA. 437 pp. La cita en la p. 37
[14] SOLARES Francisco. Diario LA VOZ DE LA FRONTERA. Deportes 5D. (Mexicali, B.C.) Sábado 17 de agosto 1996. Lo citado está en al apartado  Los Rostros de la Figura.  

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